Mundo Tradicional es una publicación dedicada al estudio de la espiritualidad de Oriente y de Occidente, especialmente de algunas de sus formas tradicionales, destacando la importancia de su mensaje y su plena actualidad a la hora de orientarse cabalmente dentro del confuso ámbito de las corrientes y modas del pensamiento moderno, tan extrañas al verdadero espíritu humano.

lunes, 19 de septiembre de 2011

NATURALEZA Y MEDIOAMBIENTE, por Manuel Plana

Nuestra relación con la naturaleza y en general con el mundo que nos rodea, ha sido diferente según las épocas y los espacios vitales. Sin embargo, todas las diferentes humanidades que nos han precedido y las tradicionales que aún coexisten con el mundo moderno, tienen en común lo que precisamente las distancia abismalmente de éste, el hecho de considerarla viva y sagrada y tratarla en consecuencia. Por viva y sagrada nos referimos a que es una unidad indivisible con el ser humano, no cerrada en compartimentos estancos sino impregnada desde lo sideral a lo atómico de unas esencias y de una consciencia que no hacen sino expresar un orden superior: “ecosistema”, “biosistema”, “antroposistema” y “cosmosistema” son lo mismo.  Hasta el medioevo nuestra propia cultura coincidía con esa visión o mejor “cosmovisión” unificada de la naturaleza y, aún más, abierta a todas las posibilidades sutiles e incluso “sobrenaturales” de la realidad, tal y como el tiempo y el espacio. Será a partir del mecanicismo, la Ilustración y especialmente de la revolución industrial, que la orientación de la mentalidad general la mirará con ojos de codicia mercantil, en consonancia con la nueva visión del mundo, que abandona la antigua perspectiva concéntrica para dispersarse en un análisis excéntrico, empírico y racional del mundo físico, un análisis reductor y puramente material que, elevado a la categoría de dogma, pretende explicar toda la realidad en clave mecanicista, limitándola a su simple aspecto sensorial.

Inspirada y dirigida exclusivamente por y hacia el desarrolismo tecnológico, esa misma tendencia ha provocado en muy poco tiempo grandes cambios y desastres en el medio ambiente, mayormente irreversibles, a la par de crear una sociedad artificial y artificiosa,  literalmente “maquinizada” (de metal y cemento), extraña a todas las demás y también al medio, pues su relación real con la naturaleza es el estrictamente consumista, basado en los beneficios económicos, industriales y turísticos que implica su carácter depredador. Naturalmente, esa misma tendencia incluye esa “curiosidad científica” por la naturaleza, típica del coleccionista, del entomólogo que, con pretensiones asépticas de “objetividad”, la presupone como un objeto diferente y sin relación con el sujeto que la estudia, como si el hombre mismo no estuviera condicionado por sus leyes y no fuera su expresión viviente más sofisticada.

El hombre y los tres reinos naturales que conforman su hábitat terrestre se han visto seriamente agredidos por lo que se conviene en llamar el “progreso”. La presencia animal y su participación en la cotidianidad de las urbes y medios rurales ha desaparecido por completo (ahora solo se ven perros por la calle) siendo substituida por una fría maquinaria ciertamente eficaz, pero también cara, compleja, alienante y contaminante. Muchas especies se hallan en peligro por la mera avidez de tener un trofeo disecado en casa. El proceso de crianza y sacrificio de animales para el consumo no se diferencia en nada de la fabricación seriada de productos inanimados, evidenciando una falta de respeto y una crueldad absolutas para con el reino animal, que algunos quizá quieren compensar prohibiendo la tauromaquia o tratando a sus mascotas domésticas con unos mimos y atenciones ridículos que no tendrían jamás con un ser humano. En cuanto a la flora, es mediocre, escasa y puramente decorativa en la mayoría de ciudades, donde el cemento no exige los cuidados ni el servicio de parques y jardines; los cultivos y las cosechas, amén de los ciclos biológicos de la naturaleza, se han alterado química y geneticamente de tal modo que nadie puede prever ya las consecuencias a medio y largo plazo, pues se ocultan y disfrazan los estudios concluyentes nada optimistas sobre ellas. El propio ritmo vital de nuestros hábitos cotidianos poco tienen que ver con el natural de las estaciones del día, el mes y el año, que son precisamente los que regulan nuestros biorrítmos.

Considerar como sagrados al mundo y la naturaleza desde este enfoque materializado, producto del miope individualismo depredador y egoísta moderno y éste a su vez de una esclerosis mental nunca antes vista, es algo que ahora causa risa en los países del llamado cinicamente “primer mundo”; como éste, muchos otros términos no evocan ya sino conceptos equívocos, anacrónicos e incluso cursis, son nociones extrañas a una mentalidad por siglos impermeable no sólo a todo lo que supone de sutil y espiritual la realidad, sino a todo lo de “animado”. Encuestas hechas a niños en EE.UU. preguntándoles de donde sale la leche dan como respuesta: de la fábrica…

Siendo toda la realidad sensible una extensión natural del hombre mismo, algo vivo e inteligente como él, su perversión moral, su codicia materialista, han de acarrear forzosamente y por extensión el desequilibrio de todo el orbe y hábitat natural. El carácter maternal de la naturaleza ha prevalecido hasta ser desplazado por una visión puramente utilitaria y parasitaria de sus productos, una actitud proxeneta que la explota como si de una prostituta se tratara, sonsacándole de manera brutal y en perjuicio mortal de las sociedades indígenas, las materias primas que sirven de combustible a la voraz maquinaria que nos gobierna. Es así que desde la perspectiva tradicional esta actitud no es propia del verdadero ser humano, sino de lo más bajo e inferior que porta en sí mismo, que sobrepasa por debajo al animal, y que en estos momentos cíclicos está liberado a los cuatro vientos al no existir ostensiblemente los límites normales que antes reducían su acción y frenaban su expansión por todo el orbe civilizado.

La paradoja aquí es que el hombre es víctima y verdugo de sus propios desmanes, pues no es otro que él mismo el que padece y tendrá que padecer las consecuencias de su perversión. El individualismo y el egocentrismo estúpido y suicida, ha tocado ya fondo por lo que respecta a estas generaciones contemporáneas, hasta el punto de sernos completamente indiferentes unos a otros, hasta extraños y hostiles a nosotros mismos y a nuestras más nobles virtudes y posibilidades. El sueño y la modorra mantenidos por el monstruo de la “comunicación” y la “des-información” sistemáticas, sumados a la imposición constante del discurso consumista y economicista por todos los medios posibles, además de crear un tipo de mentalidad fosilizada, son la anestésia necesaria que permite que un estado de las cosas como ésta se perpetúe, de manera que el espíritu sea dócil a los indefinidos reclamos de la vida ordinaria, preñada progresivamente de dificultades e inquietudes de todo tipo, todas sabiamente burocratizadas para que sean al máximo inevitables. El equilibrio entre el desastre y la normalidad es ahora de lo más frágil; son pocos los países en los que la vida cotidiana fluye con un ritmo tranquilo, en una mínima normalidad; de hecho ninguna mínima normalidad rige ya nuestras vidas sino es el calendario laboral, absolutamente infrahumano y antinatural en su mayoría de versiones. A medida que “evoluciona”, la “sociedad del bienestar” se va convirtiendo progresivamente en la “sociedad del malestar y la zozobra”.

Nuestra relación con la naturaleza ha dependido siempre de nuestra relación con nosotros mismos, en la antigüedad como ahora, en un tipo de sociedad tradicional tanto como moderna, puesto que somos su sello para bien o para mal. La ecología, la sostenibilidad, los tradicionalismos y otras opciones alternativas que quieren salvar el mundo, tendrían primero que revisar hasta qué punto no son producto ellos mismos de aquello a lo que pretenden oponerse y hasta qué punto no están precisamente a su servicio, como caballo de Troya a todo lo que aún queda por destruir. Si algo a nivel general quiere cambiarse “para bien”, estos cambios deberán producirse antes en el individuo mismo, en su mentalidad, en su consciencia; si no es reformando efectivamente su propia visión de las cosas, solo cabe esperar de los “buenos propósitos” una forma de acelerar una disolución y una “muerte largamente anunciadas”.